Las Cadenas del Sufrimiento

En las campiñas de Italia, un gran número de canes no conocen el amor de sus dueños pues son adoptados para pasar el resto de sus vidas enganchados a una cadena a la intemperie de las casas, soportando los crudos inviernos y los asfixiantes veranos sin atención ni cuidado. A continuación, la historia real de un can que, como muchos, ha vivido la esclavitud de la cadena.

Hola. Mi nombre es Bill. Al menos ese era el apelativo con el que me llamaba mi dueño. He vivido más de diez años en un rincón entre unas paredes viejas y solitarias de una casa abandonada, amarrado a una gruesa y oxidada cadena que me oprimía el cuello; sin poder disfrutar de lo que significa la libertad.
Mi vida, desde pequeño, la he transcurrido siempre solo, he envejecido en cautiverio observando las estaciones del año pasar; aferrado a mi polvoriento pelo blanco y negro y a una vieja casita de madera. Desde mi rincón, he visto pasar tanta gente, unos que reían y gozaban de la vida y otros que me miraban con lástima. Y yo siempre estaba ahí triste esperando que mi dueño se acercara a darme una caricia. Muchas veces me sentía desesperado por no estar a su lado. En esos momentos daba vueltas en círculo, hasta donde la cadena me permitía llegar. Después de girar unos minutos me resignaba a que aquel deseo no podía ser realidad; que no podía acercarme a mi dueño, así es que cansado me acurrucaba a dormir mientras lloraba y gemía.

Es así que nunca pude disfrutar de la libertad, excepto por un día glorioso cuando me empeciné a jalar la cadena -sin que nadie me vea- y logré desengancharla del fierro al que era sujetada. Aquel momento fue inolvidable; me escapé para dar un paseo por el barrio, tomar aire fresco y buscar un poco de comida, otra que no sea el caldo de frijoles que comía una vez al día. Durante la caminata observé con sorpresa otros perros que como yo sufrían con la cadena al cuello y que trataban de sobrevivir en un espacio reducido, y cuando les pregunté por qué estaban así, me dijeron que es una costumbre antigua de la gente de esta zona. Me llené de profunda tristeza al saber que no era el único que sufría aprisionado y a la vez descubrir que la libertad para nosotros no existía aquí.

Después de pocos minutos regresé a mi rincón solitario pues me hacía falta mi dueño, que a pesar que nunca viví con él dentro de su casa, extrañaba su figura. Cuando me despertaba cada mañana alzaba la vista hacia su balcón esperando que abra la puerta para demostrarle cuanta alegría me daba verlo; apenas lo veía le movía mi colita a diestra y siniestra, pero él no se inmutaba ante mis emociones. Sin embargo, nunca quise escapar definitivamente de mi rincón porque tenía la esperanza que mi dueño me liberaría tarde o temprano de la cadena para vivir junto a él.

Los años habían pasado y yo había perdido un poco la vista pero aún así podía hacer mis piruetas y pararme de dos patitas para agradar a mi dueño. Parecía que ni eso le llamaba la atención de mí; le era practicamente indiferente. Ultimamente le comentaba a la gente alrededor que yo estaba viejo y casi ciego. Me apenaba escuchar esos comentarios que hacía de mí sin ni siquiera preocuparse de mi salud, pero igual yo lo quería tanto.

Pero una cosa que me sorprendió es que un día escuché que los vecinos murmuraban que yo estaba muy enfermo y que me iba a morir. Yo no sabía de qué cosa hablaban. Pero al poco tiempo pensé que lo que decía la gente podría ser cierto. Me sentía cabizbajo, más desprotegido que nunca y me rehusaba a pasar otro crudo invierno solo. Me dolía todo el cuerpo de dormir en esa caseta dura, fría y despostillada por el tiempo y a mi vejez peor aún -mis huesos ya no soportaban como cuando era jovenzuelo. De pronto ya ni el caldo de frijoles quería comer, había perdido completamente el apetito, me sentía, por instantes, inconsciente y sin equilibrio. Sentía que el frío comenzaba a penetrar con mayor intensidad mi piel y la cadena en el cuello me pesaba cada vez más.

Me sentí completamente abandonado en esas noches heladas, húmedas de tanta nieve, sentía que se venía el momento de dejar esta triste vida. Ya en mi lecho de muerte, nadie se acercó a mí; ni siquiera pude despedirme de mi dueño.

Dejé éste mundo delante a las paredes solitarias, tendido sobre el cemento y junto a mi cadena, que al final fue mi única compañera. En esos instantes pedí mi último deseo que fue poder encontrar finalmente la libertad y a un ser humano a quien le pueda ofrecer mi cariño y amistad por siempre sobre todo sin cadenas que nos alejen de nuestros más profundos sentimientos.

Mónica Cappellini

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